Antonio López Ortega, el estatismo y la ciudadanía

Transcribo una importante reflexión de Antonio López Ortega publicada en el Diario El Nacional. Ya tendremos ocasión de discutir el tema. Gracias a Herman Sifontes por la referencia.

EL NACIONAL – Martes 22 de Julio de 2008 Nación/13

Estatismo o ciudadanía

ANTONIO LÓPEZ ORTEGA

alopezo@cantv.net <mailto:alopezo@cantv.net>

En tiempos preelectorales, cuando candidatos a gobernadores o alcaldes comienzan a cruzar proclamas, discursos y ofertas, sorprende ver en el fondo de las propuestas una visión tan estatista de las políticas y de los programas económicos. Todos los voceros o pretendientes se asumen como responsables directos de las futuras calles, de los acueductos por hacer, de los hospitales por construir. El prospecto de servidor público siempre está en deuda y no concibe mayor oferta que la de calmar la ansiedad secular de los votantes con promesas de todo orden. Bajo esta premisa, las arcas son inagotables, manantial que siempre fluye, y nadie se pregunta por los fondos o los esfuerzos que hacen todo esto posible. Se da por descontado que el Estado no sólo sea abundante sino que esté obligado a resolverlo todo. Tan aferrada es la creencia que, a la hora de juzgar gestiones, las que salen mal paradas siempre remiten a mala praxis o a hechos de corrupción, pero nunca a limitaciones fiscales.

¿A partir de cuándo nos hicimos tan estatistas? O mejor: ¿por qué después de tantos modelos probados vivimos en el furor de las visiones estatistas? Los esfuerzos individuales, el empuje de colectivos organizados, las historias de emprendimiento, no campean por ningún lado. Esa Venezuela es una Venezuela subterránea, ciega, que según la conseja de turno nada dice ni nada aporta. En la cúspide de las creencias flota más bien la idea de que el Estado es responsable de todo, incluso de nosotros mismos, al punto de endosarle nuestro propio destino, que termina dependiendo de sus buenas o malas decisiones. Suponemos que detrás de toda esta visión perniciosa yace un siglo completo de industrialización petrolera, de la cual el Estado es dueño y señor, especie de “ogro filantrópico” que camina ebrio de recursos por el paisaje nacional aplastando voluntades individuales y creando a su paso cada vez más sujeción.

Nuestra historia republicana, que alguna vez tuvo el rostro de asambleas ciudadanas, es hoy una ristra de vasallos inconformes.

Las correas de transmisión de un Estado pudiente, capaz de transferir riqueza para el mayor beneficio social, no han generado ciudadanía soberana y dueña de sus medios de producción sino apéndices que cada día hay que alimentar. Más sociedad y menos Estado debería ser una conseja para los nuevos tiempos. O mejor: un Estado al real servicio de los ciudadanos, quienes lo controlan y lo delimitan en sus funciones para beneficio de las grandes mayorías. Pero nadie parece estar pensando en estos preceptos, pues la hora es la del reclamo, la del esfuerzo vano o la del simple saqueo. Procedemos como si alguien más nos debiera algo, como si todos los demás fueran los culpables de nuestras propias limitaciones. En el fondo, nadie asume la responsabilidad de sí mismo (lo que debería ser el principio esencial del ciudadano), sino que otro (generalmente el Estado) es el que debe responder por mi vida.

Extirpar este credo de la dependencia es un esfuerzo titánico, de generaciones enteras.

Pasa por la educación, pasa por un nuevo sistema de valores, pasa por una nueva cultura política. Pero mientras añoramos este horizonte, los discursos siguen siendo estatistas y más estatistas. Esto a cuenta del petróleo, que sigue fluyendo, esto a cuenta de un Estado que nunca se imagina pobre.

El futuro no petrolero ya está hipotecado y ante un presente de vacas gordas nuestra imaginación política sólo da para reclamos o saqueos.

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